Sí, voy en silla de ruedas. Puedes mirar

Hay miles de maneras de mirar a una persona discapacitada y no todas son iguales. Pero lo peor de todo es no mirar.

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Niño mirando a un retrón — by thejbird@Flickr

El viernes pasado, mi socio publicó un post explicando lo mucho que nos miran por la calle (o en cualquier parte) a los retrones (y este domingo en nuestra sección Otras voces también se habló de la mirada).

Los comentarios fueron muy interesantes por varios motivos, pero el detalle que más me llamó la atención es que varios lectores parecieron interpretar en una primera lectura que, a los retrones en general (como extrapolación del retrón Raúl en particular) no les gusta que los miren.

Esta conclusión habla de los sentimientos de la gente, así que hay que ser cuidadoso y especificar de qué persona estamos hablando. Si no, diremos tonterías.

¿Le molesta a Raúl que lo miren?

Aunque estoy de acuerdo en que puede interpretarse eso de la lectura de su artículo, conociéndolo, yo diría que no especialmente. O al menos que hace falta matizar la conclusión. Un poco en la línea de lo que haré yo en un momento, cuando hable de mí. Socio, corrígeme si me equivoco.

¿Le molesta a una persona escogida al azar dentro del conjunto de los retrones que la miren?

Esta pregunta es muchísimo más complicada, ya que, además de los obligados matices, hay que hacer estadística. Calcular promedios, dispersiones cuadráticas medias, asegurarnos de que el muestreo no es sesgado… vamos, un lío.

Mi intuición me dice que, a cualquier humano, le molesta que lo miren si, a él mismo, no le gusta lo que ve cuando se mira en un espejo. En ese caso, asume que quien lo mira ve lo mismo que ve él, concluye que la impresión en la persona que lo mira es equivalente a la suya cuando mira en el espejo (es decir, negativa), y lógicamente no le gusta la mirada… por lo que ella indica (asume el mirado) respecto de los pensamientos de quien mira.

En el colectivo de los retrones, como en el de la totalidad de los humanos, hay individuos con problemas de autoestima. Uno podría pensar que el porcentaje de personas con la autoestima baja es mayor en el primer colectivo que en el segundo, pero eso es algo que no está claro, como comentaré en un próximo post. Mi impresión es que podría ser que esta diferencia exista sólo (o especialmente) en uno de los ejes en los que las personas nos autocalificamos: el sexual.

El sexo está tan distorsionado en el imaginario colectivo de esta sociedad enferma, tan exagerada su importancia, tan relacionado con las peores visiones del “status”, tan oculto de la discusión pública (excepto en sus formas mercantilizadas y superficiales, en las que se encuentra sobre-expuesto), que resulta predecible que cualquiera que no tenga 23 años, el cuerpo de Scarlett Johansson, la flexibilidad de Nadia Comaneci y la energía de una central nuclear pueda llegar a sentir en algún momento que no es “sexualmente apetecible”. Cuanto más lejos está uno de este ideal absurdo, más probabilidades hay de que este veneno psicológico llegue a los puntos neurálgicos de la personalidad y nos acabe haciendo daño. Como los retrones nos parecemos típicamente muy poco a Scarlett, somos a veces menos flexibles que Pinocho, y tenemos en ocasiones (según el tipo de retronez) menos energía que el fistro de la bella durmiente (perdón, me ha poseído durante un momento Chiquito de la Calzada), supongo que la baja autoestima sexual será más habitual entre nosotros que entre los bípedos. Aunque realmente, no lo sé. Quizás la realidad nos sorprenda.

En cualquier caso y añadiendo más ejes al importante eje sexual, como ocurre entre los bípedos, es seguro que, entre los retrones, hay algunos que tienen la autoestima baja. Es posible que, a esos, no les guste que los miren. Por el efecto espejo que sugerí antes.

¿Me molesta a mí que me miren?

No. No me molesta.

Permitidme que me explique.

Por un lado, yo ahora tengo la autoestima bastante sana; esto es, ni dañinamente baja, ni injustificadamente alta. Obviamente, no siempre ha sido así. Los retrones pasamos por fases vitales, como los bípedos. Y también como los bípedos, somos presentistas, es decir, tendemos a olvidar cómo nos sentíamos antes. A confundir sentimientos pasados con sentimientos presentes. Pero algo queda, especialmente en cuanto a la racionalización. Por eso puedo intentar imaginar, con algo de talento, cómo puede ver el mundo alguien con la autoestima baja, y no decir muchas tonterías en el camino.

En cualquier caso, como digo, ahora mi autoestima goza de buena salud, así que, cuando alguien me mira, no me da por pensar automáticamente ” ¡dios mío!, piensa que soy desagradable y que no me tocaría ni con un palo largo”. Más bien mi cerebro es libre de juzgar la mirada por lo que hay realmente en ella, y no por un efecto espejo mal extrapolado. Siempre dentro de unos límites, claro. Nadie es completamente objetivo en este respecto, pero no odiar la propia imagen contribuye, sin duda, a la objetividad.

Una vez que el realismo y la objetividad salen a la palestra, ya no valen axiomas, generalizaciones y automatismos. El mundo se vuelve complejo y florecen los matices. Uno se da cuenta de que no hay un modo de mirar, sino miles, y entonces la frase “me molesta que me miren” pierde todo su sentido.

Consideremos algunos tipos de miradas que me han echado, y así nos empezamos a asomar a los matices:

La mirada “¡Madre mía! ¡Qué bicho más desagradable! No lo tocaría ni con un palo largo.” (La denominaré “mirada bicho”, por abreviar.) — Sí, muy pocas veces me ha pasado, pero hay gente que mira así. Chicas en mi caso; supongo que chicos en el caso de las retronas… Tampoco hay que sorprenderse por esto. Con la tele, la publicidad, los políticos y los periódicos intentando volvernos idiotas a todas horas por todos los canales del espectro electromagnético, es de esperar que lo consigan en algunos casos.
La mirada “¡Mmmm! Me pregunto cómo se verá este especimen sin ropa y cubierto de nata.” En efecto, la “mirada desnudadora” también me la han echado. Las primeras veces te sorprendes tanto que no te lo crees, pero si tienes la autoestima sana al final te das cuenta de que es posible que no hayas malinterpretado lo que has visto y esa chica te esté imaginando desnudo en su cabeza. Hay que decir que este tipo de mirada es tan infrecuente como la anterior (muy poca gente consigue sacudirse de encima el ideal sexual absurdo que se vende en cada mostrador), pero existe, y a veces pasa.
Más allá de las miradas relacionadas con el apareamiento (o con la absoluta imposibilidad del mismo), tenemos también algunas otras mucho más habituales. Como, por ejemplo, la que comentó Raúl y que yo extenderé un poco en mi próximo post. La mirada “Ser así debe ser tan insoportablemente horrible que no entiendo cómo este pobre ser desdichado no se lanza al Ebro con una piedra atada al cuello.”, la cual abreviaré como “mirada pobrecito”. Esta mirada es muy común, especialmente entre personas mayores. No es completamente censurable porque se origina en la bondad, pero la mayor parte de las veces yerra catastróficamente en lo que imagina que es ser un retrón desde dentro. Parte de una idea absolutamente falsa de la realidad. Se usa con los retrones, pero también con los mendigos, con los negritos que venden CDs en la calle y con todo otro tipo de personas cuya vida no somos capaces de imaginar.
La mirada pobrecito muchas veces (pero no siempre) se combina con la mirada “Como es obvio que no trabajas, no tienes vida social, no fornicas, y no te limpias el culo tú mismo, asumo que tu edad mental es de 6 años y así me voy a dirigir a ti.”, también llamada “mirada hijomío”. Podría decir muchas cosas de esta mirada, pero mejor me callo.
Del director y el productor de la mirada pobrecito, llega a nuestras pantallas también la “mirada mea culpa”. En su versión extendida, la mirada “¡Dios mío! ¡Mira! ¡Un retrón! ¡Ay, no, no mires! Encima de la que le ha caido encima, tú vas y lo miras. Para que se sienta mal.” Esta mirada comparte dos características con la mirada pobrecito: es bien intencionada, pero parte de un error. Sin embargo, difiere en la duración. La mirada pobrecito es larga y penetrante, mientras que la mirada mea culpa es trémula y fugaz. Podríamos decir que la segunda es la versión cobarde de la primera y, por tanto, es peor. También se aplica a mendigos, y yo mismo soy culpable de haberla lanzado más de una vez.
Comentada también por mi socio, y prerrogativa casi exclusiva de los niños, tenemos la mirada “¡Hostiaaaa! !¿Y eso qué es?! ¿Cómo funciona? ¿De dónde ha salido? ¿Cómo encaja en el esquema del universo?”, también llamada “mirada Pokemon”. Esta mirada parte de un interés genuino, de una inteligencia y una intuición aún no contaminadas por la aspiración imbécil a la “normalidad” que todo lo invade en esta sociedad sin rumbo. Como ejemplo, yo siempre cuento que los niños suelen preguntarles a sus padres cuando me ven “¿Tiene pupa?” Los padres me lanzan una mirada mea culpa y le dicen al niño que se calle, no sea que yo me vaya a enterar. Los padres piensan que sí que “tengo pupa” y que la mirada mea culpa es una respuesta más adecuada que la mirada Pokemon. Piensan que le están enseñando algo al niño, cuando es claramente al revés. Si los padres no me ven, le saco la lengua al niño y le guiño un ojo, para que sepa que, independientemente de lo que digan sus padres, el que tiene razón es él.
Por último, y casi circunscrita a personas que me conocen, que conocen a otro retrón, o que poseen una inteligencia emocional alta, tenemos la “mirada adulta”. La que mira con el interés justo, con preocupación cuando hace falta, con empatía pero sin tremendismos, sin culpabilidades absurdas ni paternalismos.

Ojalá todos (los adultos) mirásemos a todos los demás con la mirada adulta, pero hoy por hoy lamentablemente no es el caso.

Mientras tanto, creo que lo peor de todo es no mirar.

Si alguien me lanza la mirada bicho, siempre puedo reirme, sentir pena por esa persona y por las parejas absurdas que tendrá a lo largo de la vida, o hacerle un gesto obsceno y quedarme bien ancho. La mirada desnudadora es obviamente buena, aunque os pido que no me la echéis porque soy un hombre comprometido. Eso sí, chicas y chicos bípedos, a los retrones y retronas solteros que veáis, ¡miradas desnudadoras con nata todo el tiempo!

La mirada pobrecito y la mirada hijomío parten de un error garrafal de apreciación pero encierran, en general, bondad y ganas de ayudar. Con hacerles ver a las personas que las lanzan que se equivocan en la hipótesis, nos quedamos con lo bueno y ya está. La mirada Pokemon y su versión adulta más sosegada son obviamente perfectas, así que jamás podría molestarme que me las echen.

La única que me molesta es la mirada mea culpa. Pero no por lo que tiene de mirar, sino por lo que tiene de no mirar. Lo peor que se puede hacer con un tema es no analizarlo. Si encima hablamos de personas y no de asuntos más abstractos, la omisión, el silencio, el apartar la mirada, además de no solucionar ninguno de los problemas que esa persona pueda tener, produce exclusión, aislamiento y tristeza.

Por eso, cuando me veas por la calle, que no te quepa duda. Puedes mirar. Todo el rato que quieras.

http://www.eldiario.es/retrones/silla-ruedas-miradas-discapacidad-culpa_6_106799320.html

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